RELATO: CASACOLINA

Hoy queremos compartir la primera parte de un relato que escribí ya hace algún tiempo. Se trata de un relato especial, ya que lo realicé a petición de un buen amigo que quería conocer el pasado de un lugar que apareció al principio de nuestra campaña de AD&D y que tuvo mucha importancia en la misma: CasaColina

CasaColina es un reino de los Enanos Escudo de Reinos Olvidados,  inventado por este amigo mío y que yo desarrollé a lo largo de los años que duró dicha campaña. Tiempo después se nos ocurrió detallar cual era el pasado reciente del reino, y para tal fin escribí una serie de relatos cortos. Es nuestra intención ir publicándolos poco a poco en el blog, para que estén a disposición de todos los que queráis leerlos. 

Para que tengáis una idea más aproximada del lugar, CasaColina se ubica en la Colina de Berun (Berun’s Hill), al norte de los Reinos, muy cerca de Triboar y Yartar.  Es, como se ha dicho, un reino de Enanos Escudo de los Reinos Olvidados. Tradicionalmente el gobierno del reino recae sobre el rey, aunque en el caso de CasaColina se apoya fuertemente en las opiniones de un círculo de sabios cercanos a él, siendo el Señor Comandante, Clérigo-Guerrero de Moradín, parte importante de dicho círculo.

En el tiempo de este relato gobierna en CasaColina el rey Farin, tras la abdicación de su padre Tarin (en CasaColina es tradición que el rey abdique en su heredero antes de ver al padre Bendito Moradin). El Señor Comandante es Golbar el Audaz. Los dos hijos de Farin son Flint y Barbutt (ambos fueron personajes jugadores de la campaña). Cronológicamente, esta historia tiene lugar aproximadamente en el 1240 DR.


1

Tarlyn Druu’giir se movía con soltura entre los recovecos de la caverna. Como explorador avanzado de su grupo, recaía sobre él la responsabilidad de descubrir cualquier anomalía o situación complicada que pudiera poner en peligro al resto del grupo. “El comandante y sus eufemismos”, pensó Tarlyn con desprecio, “lo único que quiere es proteger su precioso trasero de noble Dyrr y que sea yo el que caiga si hay una emboscada de nuestros enemigos”

Pocos en aquellos áridos parajes hubieran podido vislumbrar al reducido numero de Drow que patrullaban, tal era el sigilo con el que se movían. Venidos de la lejana ciudad de Menzoberranzan, guiados por el comandante Krenaste Dyrr, el resto del grupo lo componían estudiantes de Melee-Magthere en su ultimo año de formación. Los acompañaba una estudiante de Arach-Tinilith, una pretenciosa Xorlarrin llamada Imrae, cuyo único mérito era pertenecer a una de las grandes casas nobles. Era torpe, déspota, y para colmo de males, carente de toda belleza exterior. “Lloth no ha bendecido a esta criatura”, pensó Tarlyn, pero inmediatamente deshechó tales ideas de su cabeza. Los Xorlarrin eran más poderosos que los Druugiir, y si gozaban del favor de la Diosa Araña…se decía que Lloth podía escuchar hasta el ultimo de los pensamientos de cualquiera de sus hijos. Tarlyn se estremeció y balbuceó una plegaria de disculpa rápidamente.

“No veo nada extraño”, dijo Tarlyn sin pronunciar palabra, usando rápidamente la lengua de signos que los Drow aprenden desde pequeños, “diría que esta caverna no ha sido hollada por criatura alguna en bastante tiempo. Podemos acampar aquí”. Krenaste Dyrr asintió y dió ordenes para establecer un campamento. Se encontraba cansado y aburrido después de varios días de marcha. Le habían encomendado un mes de patrulla al sur de la ciudad, “tan lejos como te atrevas a llevarlos”, habían sido las palabras de su superior, y él había aceptado alegremente, deseoso de salir del asfixiante ambiente de la Academia y la ciudad. Pero en todos los días que llevaban de exploración, apenas habían tenido un monótono encuentro con un grupo de Derros, los asquerosos enanos de las profundidades, a los que despacharon sin apenas oposición. Krenaste esperaba alguna aventura que le proporcionara reputación, pero se cuidaba mucho de exponerse al peligro, y dejaba que sus estúpidos estudiantes hicieran el trabajo sucio por él. De entre todos, odiaba especialmente a Tarlyn, al que consideraba altivo y pagado de sí mismo, y siempre que podía lo colocaba en vanguardia. “A ver si un manto se te lleva volando”, pensaba el noble de la casa Agrach Dyrr con desprecio, “y no vemos tu repugnante cara de Druu’giir nunca más”

Tarlyn, mientras, exploraba el extremo oeste de la caverna. Le llamo la atención que por casi todas las paredes de la misma, crecía un extraño hongo de color azul, que proporcionaba cierta luminosidad a la estancia. El hongo no parecía de origen mágico ni especialmente peligroso, aunque Tarlyn se cuidó de no tocarlo.

Entonces, el drow descubrió las puertas.

2.

Krenaste e Imrae estaban ante las inmensas hojas de la enorme estructura. Eran dos portales gigantescos, de piedra maciza y lisa, sin ninguna clase de grabado o runa. Imrae había tocado las piedras y había sentido un súbito dolor que le había paralizado el brazo derecho. Aún un rato después, el brazo parecía no responderle, y la magia de su diosa no parecía surtir ningún efecto. Las puertas estaban encantadas con algún tipo de magia poderosa…y a aquella magia los drow no le gustaban en absoluto, como había comprobado Imrae.

“¿Svirfneblin?” Pregunto Krenaste, recordando la ciudad de Blindenlita, más al norte. “No parece obra de los gnomos”, respondió Imrae, “aunque no puedo asegurarlo. Nunca había visto una magia así. Puede que no recupere nunca el uso de mi brazo”, gimoteó la drow.

Krenaste observó de nuevo las dos enormes puertas, con gesto de preocupación. Estaban suficientemente lejos de Menzoberranzan como para que no fueran un peligro inminente para la ciudad, pero las casas nobles – especialmente la regente, Baenre – querrían sin duda saber más acerca de quien –o qué – se escondía detrás de tan poderosa defensa.

Krenaste debía tomar una decisión: marchar de vuelta a Menzoberranzan e informar, o tratar de averiguar mas acerca del misterio que envolvía a aquella colosal estructura.

Pero ni Krenaste, ni Imrae, ni ninguno de los suyos, podían remotamente imaginar que en aquel preciso instante, varios ojos estaban puestos sobre ellos. Al otro lado de las puertas, ciertas
figuras observaban la escena con creciente interés.

“¿No pueden vernos, verdad?”

“La magia de las puertas no solo nos protege, nos permite ver a traves de ellas como si fuera un cristal. Pero tranquilízate, Thirgund, no pueden vernos en absoluto, ni oírnos, ni sentirnos. Podríamos celebrar aquí una fiesta con bardos y cerveza y ellos solo escucharían sus propias respiraciones”

“Mi capataz…¿Drow? ¿Aquí? Hacia años que no habíamos visto ninguno…”

“Estos vienen de algún lugar lejano…un grupo de exploración. Quizás Menzoberranzan, o incluso Ched Nasad, aunque esa se encuentra muy al este”

“¿Quieres que avise al Señor Comandante?”

”Si. Dile lo que sucede, y seguiremos su consejo en ésto”

Thirgund empezó a correr y no dejó de hacerlo hasta que llegó al Templo. El Señor Comandante estaría allí, sin duda.

3.

Cuando Golbar el Audaz llego a las puertas, un numero creciente de Enanos ya se había congregado alrededor. El bullicio era considerable, y Golbar tuvo que gritar hasta desgañitarse para que la barahúnda cesase.

“¿Siguen ahí?” Fue lo primero que preguntó.

“Si, mi Señor Comandante”, respondió el llamado Sigrud, capataz minero. “Dos de ellos han intentado forzar las puertas, pero han caído fulminados”

Golbar se concentró en las puertas e inmediatamente vislumbro la escena. Un grupo de Drows frente a sus estancias. Aquello podía ser casualidad…o quizás no. “Pero no”, concluyó, “no puede estar relacionado. Tiene que ser capricho de los dioses que hoy, precisamente hoy, aparezcan estos drows. Un contratiempo inesperado…pero fortuito”

“¿Qué hacemos, mi Señor? Podemos acabar con ellos, son un grupo pequeño”

Golbar se mesó la barba rojiza. Si los Drow volvían a su ciudad, dondequiera que estuviera, y contaban lo que habían descubierto…no existían ciudades Drow cerca, pero eso no impedía a los elfos oscuros lanzar campañas de conquista. Dos enormes portalones que matan con solo tocarlos, era sin duda todo un reclamo para los seguidores de la reina Araña. Y ellos ya tenían un problema entre manos suficientemente grave como para tener que lidiar con otro…

Krenaste fue el primero en sentir el crujir de las puertas. Imrae se levantó del suelo, aturdida aún por la última descarga mágica de las puertas, y lo que vio le sobrecogió: ninguno de los drow estaban, de hecho, preparados para lo que tenían delante. Las gigantescas puertas se abrieron de par en par, mostrando una estancia enorme, deslumbrante. Ésta estaba excavada sobre la roca desnuda,  y había sido maravillosamente tallada, esculpida y trabajada en un sinfín de construcciones a cuál mas sorprendente. Había esculturas de cabezas barbudas con enormes cascos de batalla: escenas de combates con orcos, trasgos, osgos y azotamentes: enormes escalinatas que subían y bajaban mas allá de donde se perdía la vista: grandes edificios de piedra y mármol conectados por balaustradas y arcos de punta redondos.

Y delante de ellos, estaban los Enanos.

Había al menos veinte de ellos. Enanos Escudo, recios, fieros: encorsetados en cota de malla, portando hachas, martillos y picas: embrazando escudos con una imagen particular –tres cabezas de hacha unidas entre si, y en el centro un dibujo diferente para cada escudo -: portaban yelmos, algunos abiertos, otros cerrados, rematados con figuras de dragones o de terribles mascaras de dioses antiguos. Uno de ellos se adelantó al resto: éste vestía una armadura de placas de acero completa, y embrazaba el escudo con una runa en su centro: y en su mano derecha portaba una maza de acero oscuro.

(Continuará)

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