CASACOLINA (4)

“Sí que son muchos”, comento Serugund mirando a través de las puertas.

Golbar le observo y esbozó una tímida sonrisa. Su amigo se había recuperado totalmente de la espantosa herida que había sufrido combatiendo a los drow, y allí estaba, en primera fila de nuevo, dispuesto a reventar cualquier cabeza que se atreviera a amenazar Casacolina. Los cuidados de los clérigos de Dumathoin le habían dejado como nuevo en apenas unos días, exceptuando, por supuesto, los callos de sus pies. Serugund había realizado un peregrinaje por todas y cada una de las capillas y de los templos de la ciudad Enana y ni Dumathoin, ni Vergadain, ni el propio Moradin habían escuchado sus súplicas. Habían recompuesto sus tripas, en más de una ocasión, arreglado huesos fracturados, e incluso restaurado un ojo por completo, pero al parecer eran incapaces de eliminar aquellos dichosos callos. Era conocido pues como PieCalloso, a pesar de que procedía de una familia de linaje respetado y antiguo, y a él no parecía importarle.

Había aceptado aquello con la habitual estoicidad de los Enanos Escudo, y había dedicado sus esfuerzos y pensamientos a empresas más importantes. Como defender su ciudad de los enemigos. Y aquel día, bien parecía que cientos se arremolinaban ante sus puertas.

“¿Cómo has dicho que se llamaban esas criaturas, Golbar?”

“Quaggoths. Los Osos Profundos, les llaman. Unas bestias salvajes, la mayoría de ellas nacidas esclavas de otras razas más poderosas. Estas lo son de los Illitas de Ch’Chitl. Lo que no entiendo es por que han venido tantos…” susurró Golbar.

El Audaz, como lo llamaban los suyos, era hombre de pocas palabras. De todos los Enanos de Casacolina, era el que más incursiones hacía fuera del reino, sobre todo a la Antípoda Oscura, solo o en compañía de sus dos hijos. Conocía bien los intrincados caminos que partían desde Casacolina a las profundidades, y también conocía a las razas que conformaban aquella vasta y oscura expansión. Los quaggoth le eran especialmente repulsivos. Enormes bestias de más de dos metros de alto, cubiertos de un sucio pelaje blanco, eran salvajes, toscos y brutales. Solo los Orcos le parecían más repugnantes que aquella especie de osos embrutecidos. Algunos de los quaggoth eran algo más civilizados y utilizaban armas, así como colores que tintaban su pelaje para favorecer el camuflaje. Se denominaban a si mismos “los que siguen a la  magia”, aunque pocas veces un quaggoth era bendecido con tal clase de poder. Los quaggoth “puros”, como ellos gustaban de llamarse, eran “los que siguen a la bestia”, y cazaban y se comían vivas a sus presas, sin usar otras armas que sus garras y mandíbulas.

De estos, observo Golbar, había mayoría ante las mágicas puertas dobles de  Casacolina: y aquello no gusto nada al clérigo. Dio ordenes a los guardianes de las puertas de que continuaran su vigilancia, y marchó a los niveles superiores en busca del rey.

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Barbutt y Flint ayudaban a su padre, Farin, Rey de Casacolina, a colocarse la  armadura. Llevaba a un lado su hacha de batalla, Durgramor, la Hendedora: y en el otro brazo portaba su escudo, con la triple cabeza de hachas y la runa en el interior de la misma. Fue entonces cuando Golbar irrumpió en la estancia.

“Rey Farin, si me lo permites…”

“Estoy casi listo, Golbar. ¿Alguna novedad?”

Golbar quedo callado por unos momentos. Sentía en el estomago el clásico nudo que le había atenazado otras tantas veces. Siempre que esto le ocurría, era presagio de alguna desgracia. Al contrario de lo que pudiera pensarse, Farin hacia mucho caso de aquel estomago.

“He estado abajo, en las puertas. Los Illitas han llegado, pero han traído consigo una fuerza numerosa de quaggoths”

Farin se quedó pensativo por unos instantes.

“¿Cómo de numerosa?”, inquirió al cabo de un momento.

“Hay al menos trescientos, quizás mas. No comprendo a que viene esto, mi señor”, dijo Golbar con voz grave.

Farin desvío su mirada a la izquierda. Allí estaba sentado Tarin, padre de Farin y antiguo señor del reino.

“¿Tu que crees, padre? ¿Por qué venir con tal fuerza? ¿Temes una traición?”, preguntó.

Tarin se levanto de su asiento y con las manos en la espalda, camino hacia su hijo.

“No creo que los Ocho sean tan estúpidos como para tratar de invadir Casacolina con tan pocos efectivos. Trescientos quaggoths pueden resultar un espectáculo para la visión en una caverna tan reducida, pero sabes de sobre que necesitarían al menos siete veces esa cantidad para representar un problema…y eso si consiguen abrir las puertas”

Era cierto. Las puertas del último nivel de Casacolina eran virtualmente indestructibles y mejor aun, estaban encantadas con poderosos hechizos que repelían – en algunos casos con extrema virulencia – a cualquier enemigo que tratara de forzarlas.

“Mas bien creo que se trata de una demostración. Una demostración de fuerza. Son los Illitas los que han pedido esta reunión: desconocemos que pretenden. Pero se han colocado el parche antes que la herida, y muestran que, llegado el caso, tienen guerreros que libren sus guerras”, dijo Tarin quedamente.

“Coincido con maese Tarin”, dijo Golbar, “pero llamo a la prudencia aquí. Quizas seria mejor si yo, y no tú, mi señor, despachara con estos individuos. Solo para evitar cualquier tentación”, termino el clérigo.

Farin negó con la cabeza. “Y entonces su demostración de fuerza resultaría plenamente satisfactoria a sus fines. El rey ve a unos pocos osos profundos y envía un emisario. ¡Casacolina regida por un cobarde! No, no les daré tal. Acudiré y departiré con sus emisarios, y si esos quaggoths no saben comportarse, los echamos a patadas de aquí”, río francamente el rey.

Tarin esbozó una sonrisa afectuosa. Su hijo era inteligente pero bravo a la vez. Quizas demasiado. Quizas Golbar estuviera en lo cierto y salir así era  exponerse. Pero el ya no era el rey, y no osaría contradecirlo.

Barbutt y Flint entrechocaron sus antebrazos con fuerza, riendo. “Bajaremos contigo, padre. ¡Queremos estar a tu lado! ¡Ya es momento de que todos vean que los hijos de Farin solo desean estar al lado de su padre!”, grito Flint.

“No”, repuso seriamente Flint, “no, en absoluto. Yo bajo y me muestro porque soy el rey y así me lo exijo: pero vuestra seguridad esta por encima de cualquier otra circunstancia. Os quedareis aquí con vuestro abuelo, y esperareis a que regresemos, sanos y salvos”

Barbutt y Flint abrieron la boca para protestar, encolerizados, pero antes de que pudieran siquiera pronunciar una palabra recibieron un pescozón doloroso de Tarin.

“Sin rechistar, haréis lo que vuestro padre os ha dicho. No, no bajaréis ni siquiera a las puertas”, dijo Tarin.

Farin saludó con un ademán de la cabeza a su padre y se colocó el yelmo de Delzoun, antigua reliquia que era parte de la herencia de los reyes de CasaColina.

“Vamos, Golbar. Veamos que nos depara esta reunión”

Los dos comenzaron el largo descenso hacia las puertas inferiores. Barbutt y Flint se quedaron mirándolos largo rato, hasta que oyeron de nuevo la voz de su abuelo.

“Bien, hemos de darnos prisa. Colocaos vuestras armaduras y tomad vuestras armas. Nos vemos en diez minutos aquí mismo. Farin no nos quiere en las puertas, pero que Moradin el Bendito me lleve si dejo que mi hijo baje solo a reunirse con esas alimañas”, dijo Tarin furiosamente.

Barbutt y Flint bramaron de júbilo.

6.

Tarlyn Druu’gir corría, corría lo mas rápido que sus piernas de Drow se lo permitían. Tan solo habían pasado cuatro días desde el combate en la caverna, frente a los Enanos, y cuando cerraba los ojos aun podía rememorar la brutalidad de la lucha. Y aquellas puertas…¿Qué eran? ¿Qué magia tan poderosa las hacia destruir a cualquier drow que las tocaba?

Pero Tarlyn no corría por miedo a los Enanos. Ni siquiera corría por miedo a las puertas. Tarlyn corría como el viento, invisible gracias a su anillo, porque  apenas a dos millas de la caverna de los enanos, más de cuatro mil quaggoths, y al menos cuarenta illitas, esperaban pacientemente.

Solo…esperaban.

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