ALFONSO ZAPICO, AUTOR

Me permitiréis hoy un artículo que a priori no tiene nada que ver con juegos: se trata de una breve reseña sobre un autor de cómics que me tiene absolutamente fascinado. La primera vez que escuché hablar de el fue por pura casualidad: hace algunos años, buscando información sobre la Guerra de Crimea, me encontré un cómic llamado La Guerra del Profesor Bertenev, guionizado y dibujado por alguien totalmente desconocido para mí: Alfonso Zapico. Sorprendido por la temática de la historia (un profesor ruso enrolado a la fuerza que deserta y es hecho prisionero por el ejército inglés), le dediqué una tarde para poder saborearlo. Y como podéis imaginar, fue amor a primera vista. Cierto es que con la promesa de la historia ya me tenía ganado (adoro las narraciones sobre ejércitos) pero aquel cómic desbordaba fuerza, imaginación, ritmo y contaba con un peculiar estilo de dibujo que a mi particularmente, me enganchó: sencillo en apariencia pero a la vez muy detallista y que servía perfectamente a la narración.

Naturalmente, bucee en Internet buscando más obras de este autor. Así fue como descubrí que lejos de encasillarse en un estilo determinado, Alfonso Zapico no publicaba una obra igual a la otra, sorprendiéndome en cada novela gráfica. Llegué así a Dublinés, ¡una biografía de James Joyce! Merece la pena resaltar que Joyce fue uno de mis autores malditos en mi juventud: cuantas tardes traté de leer su monumental Ulises, y cuantas tardes abandoné el empeño, abrumado por la monumental prosa del maestro irlandés. Acabó quedándose en el cajón de los “un día lo intentaré de nuevo” pero a día de hoy, Ulises permanece en dicho cajón. Por eso me sorprendió sobremanera que Zapico creara una biografía del personaje tras el libro, y por supuesto me encontré otro relato espléndido, otro cómic cargado de pasión y de amor hacia la figura de Joyce, y ese reconocimiento al escritor impregnaba cada página del cómic convirtiéndolo en un poderoso y maravilloso homenaje.

Tras el impacto que me supuso este Dublinés, me metí de lleno en otro de sus proyectos: Café Budapest. La historia me atrajo desde el primer momento, por desarrollarse en la Israel de posguerra, ese territorio disputado y ensangrentado hasta nuestros días, conformando este cómic un auténtico canto al diálogo, a la necesidad de entendimiento entre todos, al respeto y a la atrocidad que supone la guerra y la barbarie que conlleva.

Tras este fantástico Café Budapest, descubrí que Zapico acababa de publicar una historia ambientada en nuestro país: La Balada del Norte. Iba a ser un proyecto en tres tomos, la historia de la revolución Asturiana de 1934 contada a través de los ojos de varios personajes que la vivieron y la sufrieron. En cuanto salió el primer tomo lo adquirí, y debo haberlo leído más de diez veces. Para mí es la novela gráfica cumbre de Alfonso Zapico, la que refleja su madurez como historietista. Hace poco cayó en mis manos el segundo tomo, que confirmó todos y cada uno de las increíbles sensaciones que me dejó el primero. La Balada del Norte es un relato duro, muy duro, donde la línea entre buenos y malos se difumina tanto que desaparece. La fuerza del dibujo en blanco y negro de Zapico resulta indispensable para la historia,  pero como el propio autor ha comentado, está menos interesado en el dibujo que en lo que quiere contar. Esto no quiere decir en absoluto que el apartado gráfico sea de baja calidad: todo lo contrario, a mi me resulta, como he comentado en la Guerra del Profesor Bertenev, perfecto para la historia desarrollada. Encuentro cierta similitud con lo que ha hecho Jacques Tardi en su ¡Puta Guerra! (cómic al que dedicaré una entrada en otra ocasión, porque lo merece), donde el dibujo es en cierto modo un actor secundario al servicio de un guión apabullante, pero precisamente es en esa concesión artística donde La Balada del Norte obtiene su carácter y su sello de personalidad: el arte como vehículo que te lleva entre las páginas de un relato mayúsculo.

La Balada del Norte podría caer en la tópica y manida confrontación entre rojos y azules, entre trabajadores y capitalistas, pero no lo hace: en realidad es un relato mucho mas complejo, cargado de matices, pero sobre todo, es un canto de amor a Asturias, y a la necesidad de conocer el pasado para comprender un poco mejor el presente. Si tuviera que recomendar a alguien que no conozca el autor un sólo cómic del mismo, sin dudarlo le diría que comenzase por esta magnífica Balada del Norte. De la misma forma que Jason Lutes nos prendó del Berlín de la república de Weimar en su trilogía (Berlín Ciudad de Piedras, de Humo y de Luz), Alfonso Zapico nos hace caer rendidos a su Asturias natal con una historia tan magistral como imprescindible.

Y acabo aquí este reconocimiento a uno de los autores españoles de cómic que más me gustan de la actualidad. Pendiente estoy de leer su última obra, Los Puentes de Moscú, resultado de una entrevista entre Eduardo Madina, político que sobrevivió a un atentado de ETA, y Fermín Muguruza, líder de la banda de rock Kortatu. Un relato sobre las generaciones de jóvenes vascos que vivieron los años de plomo y la necesidad de tender puentes que nos unan y que rompan con los odios y  las separaciones. No tardará en caer en el saco. 

 

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